| El compromiso de la divulgación |
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Página 1 de 2 En el año 2003 Yang Jwing-Ming recibió el premio de la revista estadounidense Black Belt al «Artista marcial de Kung Fu del año», por su contribución a la difusión de las artes marciales chinas en Occidente. Sus libros han logrado explicar los conceptos en los que se basan estas disciplinas en un lenguaje claro y comprensible para la mente occidental. En esta entrevista Yang Jwing-Ming narra las motivaciones personales que le llevaron a escribir, reflexiona sobre la evolución del entrenamiento en Taiji Quan, destaca la importancia de la meditación en la sociedad actual, y ofrece su opinión acerca de la práctica del tui shou en la actualidad.Usted es famoso en todo el mundo por sus libros y por la divulgación que está haciendo de las artes marciales chinas. ¿Cuál fue la motivación que le impulsó a escribir? En 1978 me doctoré en Ingeniería Mecánica y en el mismo año mi madre vino a EEUU por el nacimiento de mi primer hijo. Después de doctorarme tenía la idea de volver a casa un tiempo para continuar formándome con mi maestro, un hombre de conocimientos vastísimos. Pero supe por mi madre que había muerto, y entonces pensé que yo no había llegado a aprender ni la mitad de lo que él sabía. En 1979 empecé a trabajar en la universidad de Purdue como investigador asociado, y aquel mismo año aproveché mis vacaciones para ver a mi familia en Taiwán, ya que hacía cinco años que no regresaba. Fui a visitar la tumba de mi maestro y estando allí, acompañado por dos de sus hijos, empecé a pensar en cuánto conocimiento había desaparecido con él, y eso me produjo una gran tristeza. Entonces me juré ante su tumba que cuando volviera a América intentaría preservar todo lo que él me había transmitido, que no permitiría que muriera. Al volver a EEUU comencé a escribir con la idea de promover las artes marciales chinas y en 1981 publiqué mis primeros libros. Mi principal motivación ha sido siempre conservar los conocimientos que me transmitió mi maestro. En ningún momento me impulsó el hacerme famoso o ganar dinero escribiendo. Yo ya era ingeniero, tenía mi trabajo y todo el dinero que necesitaba. Creo que si uno escribe para ganar dinero o hacerse famoso, la calidad de sus obras no puede ser buena. Poco a poco fui adquiriendo el hábito de escribir. Después de los tres o cuatro primeros libros empecé a darme cuenta de que cada vez que escribía un libro aprendía muchísimo y eso fue algo muy importante para mí. En primer lugar tenía que reunir información y después compararla, entenderla, y a continuación ponerla en inglés. Esto no es fácil, porque tienes que buscar la forma de interpretar esa información de modo que llegue al público al que va dirigido, y trasladar los conceptos chinos a una lengua occidental. A lo largo de todo ese proceso uno aprende mucho. Entonces, al deseo de conservar las enseñanzas de mi maestro se unió el deseo de aprender más. Cuanto más escribes más aprendes. Y de esa forma se convierte en un hábito. Por ejemplo, ahora estoy empezando a trabajar en un libro sobre Tui Na y me encuentro en la fase de investigación. Cada vez que abordo un nuevo tema resulta asombroso ver el campo de conocimientos que se abre. Hasta ahora he escrito treinta y dos libros, y desde luego he ganado dinero, algo necesario para poder seguir publicando. El mercado de las artes marciales es muy reducido, y no es fácil mantener una editorial. Pero el placer que me produce escribir cada vez es mayor. Quizás lo más especial de sus libros es que son fácilmente comprensibles para un occidental. Los clásicos a veces resultan muy oscuros para nosotros los occidentales, incluso los escritos de maestros modernos. En primer lugar, para escribir o traducir sobre estos temas hay que tener unos conocimientos de cultura china muy amplios. Debes comprender esos documentos que se escribieron hace dos mil años, con un lenguaje y una mentalidad propia de aquel tiempo. Si intentas traducir esos documentos con una mentalidad de hoy en día, tu trabajo no puede ser acertado. Para interpretar correctamente necesitas adoptar la manera de pensar de los antiguos y comprender la historia, sobre todo en el campo de las artes marciales clásicas. De modo que primero hay que tener una sólida formación en cultura e historia china; segundo, hay que conocer profundamente el Qigong; y tercero, hay que comparar la información, estructurarla y organizarla de forma que sea comprensible para el lector. Creo que para esto me han sido muy útiles mis estudios de física. En realidad, no me gusta la física, pero tengo que reconocer que me ha resultado muy útil para explicar muchos aspectos del Qigong. Por suerte ahora no tengo necesidad de trabajar de ingeniero, así que puedo dedicarme a enseñar, estudiar, ordenar y estructurar toda esa información y escribirla. Puedo hacer lo que me gusta hacer. La gente ha cambiado mucho en los últimos cincuenta años. En general, ahora las personas son más cultas, piensan más, y tienen una mente lógica. No se pueden explicar estas cosas como se hacía en la antigüedad. Y eso es bueno. Yo no quiero que la gente haga lo que digo sin pensar. Prefiero enseñar a diez posibles maestros que a diez mil alumnos que no van a desarrollar el arte, que simplemente van a imitarme sin cuestionarse nada. En los tiempos antiguos los alumnos tenían que practicar mucho, sin explicaciones, y llegar a comprender y sentir cosas que se les explicaban después. Sin embargo ahora se da toda la información de entrada, y quizá mucha gente se conforma con esas explicaciones y no se esfuerza por analizarlas, por experimentar y sentir. Sí, eso es porque ahora las cosas son diferentes. Según la tradición se intentaba hacer al alumno apreciar la enseñanza. Los maestros no enseñaban fácilmente, porque si lo hacían los alumnos no lo valoraban. El alumno tenía que esforzarse, intentarlo de verdad, y entonces se le enseñaba. Es como la comida. Cuando te sobra la comida no la valoras. Quien aprecia su valor de verdad es el que tiene hambre. La idea de los viejos maestros era que el alumno tenía que aprender de su experiencia. Y cuando llegaba a un punto en el que no podía seguir avanzando, entonces le daban una pista. Por eso se decía: «El maestro sólo te enseña el camino». Su trabajo es indicarte direcciones, pero el camino tienes que andarlo tú. Esa concepción de la enseñanza está desapareciendo. Un alumno tenía que trabajar diez, veinte años, para llegar a comprender por sí solo, a sentir las cosas en su interior. Pero hoy en día, ¿cuántos alumnos están dispuestos a esforzarse durante diez años? Llegan y dicen: «Tengo hambre, enséñame, quiero aprender». ¿Pero después practican? No, no practican. Esa voluntad se ha perdido y todo es distinto, pero a pesar de todo a mí me parece muy importante preservar los conocimientos. Cuando yo aprendía artes marciales no había apenas libros, no había vídeos, ¡apenas había fotos! Ahora hay todo tipo de medios, libros, vídeos, DVD... Y al haber tanto no se aprecia. Desde luego eso facilita mucho las cosas a los alumnos, pero quizá no beneficia demasiado al arte. Sí, es cierto, pero en mi opinión si no hago esto, no puedo preservar estas artes. El estilo de vida moderno es diferente. Yo busco el tipo de alumnos que se compromete. Pero si exiges a la gente que te dedique diez años para alcanzar cierto nivel, algunos dicen que sí, de acuerdo, pero la mayoría lo ha dejado antes de un año. Esto ocurre en muchos campos. En música clásica, hace cincuenta años había muchísimos estudiantes. En la actualidad, hay muy pocos. El año pasado estuve en Viena, y allí está el coro infantil más famoso del mundo, el de los Niños Cantores. Me contaban que antes había miles de niños que querían entrar, y entre ellos elegían a ochenta o cien mejores. Pero ahora no se presenta nadie, tienen que suplicar a las familias que manden a sus hijos al coro. Siempre quedan algunos que desean aprender, pero son pocos, porque son los que en verdad quieren el arte. En la antigüedad había motivaciones como la gloria, la riqueza. Ahora no se consiguen esas cosas con las artes marciales. Quien realmente quiere aprender es porque ama el arte, y esos son los alumnos que yo busco. Y sé que de alguna forma conseguiré preservar todos esos conocimientos. Esta mañana hablaba durante su clase de la importancia de conservar el contacto con la naturaleza. ¿Puede ampliarnos la idea? Desde la antigüedad todos nosotros vivimos dentro de la sociedad humana, que es una especie de «Matrix». Siempre estamos condicionados por esa Matrix, construida a base de conceptos como la gloria, la dignidad, el poder... La salida es el Dao en sí mismo, la liberación de las emociones. El Dao De Jing dice que la naturaleza es fría, que el Dao es frío, no tiene piedad. Puedes rezar, puedes suplicar, no le afecta. Somos los seres humanos quienes nos atamos a las emociones, a esa Matrix. Y hacemos barbaridades en nombre de las emociones, del poder, del honor: yo te someto, tú me sometes; yo te mato, tú me matas. La raza humana es la única capaz de morir por el honor, por la dignidad. Nosotros mismos hemos creado esas cadenas que no nos permiten evolucionar espiritualmente. Para poder evolucionar, el espíritu debe ser libre. De lo contrario no podemos desarrollarnos. De eso es de lo que habla el Dao De Jing. La primera frase del Dao De Jing dice: «Lo que se puede llamar Dao no es el Dao», porque estamos utilizando la mente para juzgar el Dao. Todo lo que podemos juzgar es parte de esa Matrix humana. Cuando habla de Matrix, ¿se refiere a la película...? Sí, creo que es una imagen que el ser humano actual puede entender perfectamente. En la terminología budista es lo que se denomina «el cuadrado». La sociedad humana es un cuadrado. Lo que en la película es salir de Matrix, para los budistas es «estar fuera del cuadrado». Para la sociedad todo tiene que estar regulado, todo está cuadriculado. Por eso un monje es «el hombre que está fuera del cuadrado». Ese cuadrado es lo que yo llamo «ataduras emocionales», porque las emociones, la ambición, la tristeza, alteran nuestra percepción de la naturaleza. Por eso, si uno quiere volver a formar parte de la naturaleza tiene que salir de esa Matrix. Pero cuando sale, la sociedad ya no le considera humano. ¿Entonces piensa que las artes marciales se han alejado de la naturaleza? ¿Para profundizar en ellas deberíamos irnos a las montañas o algo así? No hay que perder de vista que las artes marciales más sofisticadas surgieron de monasterios, budistas y taoístas. Los monjes budistas y taoístas no tienen apego al mundo. Lo único que hacen es cultivar el espíritu. No conocen el valor de la muerte, ni el significado de la vida. Las artes marciales más elevadas tienen su origen en las montañas de Wudang, de Emei, el monasterio de Shaolin. ¿Por qué será que el monje que ha alcanzado un alto nivel nunca utiliza el arte que domina para matar? Son los que han aprendido un poco los que matan. Cuando uno alcanza un nivel elevado, entonces aprecia la vida. Y cuando conoce el significado de la vida, no mata con facilidad. Por eso una de las facetas del entrenamiento en artes marciales es la autodefensa, y la otra es la iluminación espiritual. Porque en la sociedad marcial, cuanta más capacidad de disciplina tengas para el entrenamiento, más podrás profundizar en lo espiritual. Uno es el lado yang, otro es el yin y los dos están unidos. Por eso en las artes marciales chinas, y también en las japonesas, cuando ves a alguien que ha alcanzado un nivel marcial muy alto, puedes notar que su nivel espiritual también es muy elevado. Si la moralidad de una persona es deficiente, su arte marcial no podrá ser realmente bueno. Por eso en China se dicen cosas como: «Cuanto más alto eres, más tienes que inclinarte», o «Un cubo lleno de agua no hace ruido; un cubo medio lleno hace mucho ruido». ¿Entonces cómo podemos recuperar el contacto con la naturaleza? De muchas formas. De eso trata mi último libro, que se titula «Meditación: respiración embrionaria». La esencia de las artes internas es tratar de encontrar el centro espiritual del ser humano. Desde ahí podemos desarrollarnos y avanzar hacia la iluminación. Resulta asombroso ver que ya se habla de ello en el Dao De Jing, un libro de hace 2.400 años. Por eso en el libro he analizado algunos de sus capítulos. Por desgracia, desde los tiempos antiguos hasta la actualidad el Dao De Jing siempre ha sido interpretado desde el punto de vista filosófico o político, pero no desde el punto de vista del Qigong, y en el fondo es todo Qigong. Por ejemplo, cuando en el Dao De Jing se habla de «el país», se está hablando del cuerpo; «el pueblo» es el qi; «el gobernante» es la mente. Y ahí es donde entra el concepto de wu wei, de no hacer nada. Si en lugar de intentar controlar el país, es decir el cuerpo y nuestra naturaleza, empleamos el wu wei, entonces todo el mundo sabe lo que tiene que hacer, lo que es correcto y lo que no. De este modo no necesitamos casi nada. A través del wu wei se puede alcanzar niveles muy altos. Creo que la gente debe aprender a meditar para que la sociedad actual pueda evolucionar hacia un mayor grado de elevación. Al meditar, la mente subconsciente despierta. A menudo alguien que ha hecho algo malo no es capaz de calmarse, porque cuando se tranquiliza se siente culpable. Por eso necesita mantener la mente muy ocupada todo el tiempo, para poder conservar la máscara. Al aquietar la mente esa máscara se cae y nos vemos como somos, nos damos cuenta de que no somos sinceros, que mentimos, engañamos, matamos... La meditación sería el primer paso para que la gente aceptara eso. Para los chinos hay cuatro etapas en la meditación, en el desarrollo espiritual. La primera fase es la autoaceptación. Esto significa dejar caer la máscara. Nos permite reconocernos como somos, con nuestras imperfecciones, y ver la naturaleza humana, cómo nos atacamos y nos matamos. La etapa siguiente sería la consciencia de uno mismo, ser conscientes de lo que está pasando. La tercera fase es el despertar, y la cuarta es la liberación de las ataduras. |
| Apertura nuevo ciclo de clases 2011-2012: Chikung CFQ y Taichi Chuan. (Reserva tu plaza cuanto antes) Retiro de meditación en Malasia con Sifu Yap: Más información AQUÍ. |
07.02.2012 18:45 -
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